domingo, 9 de enero de 2011

Oración por mis amigos


Señor, te doy las gracias

por las personas que forman parte de mi vida,

de modo especial , por mis amigos y amigas.

Te agradezco por sus vidas,

por los momentos que hemos pasado juntos,

por las muchas risas

y, también, por alguna lágrima compartida.

Gracias, Señor, por la confianza

que ambos nos hemos depositado,

por el abrazo oportuno,

por el gesto de aliento,

y por la corrección hecha a tiempo.


Gracias, Señor, porque hemos tejido

una historia juntos

y esa historia ha sido verdaderamente historia de salvación

donde tú mismo has actuado

mostrando el gran amor que nos tienes

aunque a veces no lo notamos.


Y porque la amistad es amor,

deseo pedirte, amigo mío, amigo nuestro,

que no confundamos amistad con posesión alguna

que no permite que ninguno de los dos crezca,

que no confundamos amistad con asolapamiento

que encubre muchas mentiras que uno mismo termina por creer,

que no confundamos amistad con tan solo risas o juergas

que nos hace superficiales sin profundidad alguna.


Señor, ayúdame a ser buen amigo,

que ayude a crecer y no me encierre en un afán egoísta de autocomplacencia,

que sepa estar atento cuando una necesidad lo reclama,

que sea sensible y oportuno,

que calle cuando sea necesario

y hable cuando sea preciso.


Que sea un amigo que guarde silencio pero que no sea distante,

que sea un amigo que sea pero que no sea cómplice,

que sea un amigo que escuche pero que tampoco sea un escape.

Señor, te pido ser amigo según tu corazón

que da la vida (¡que no es solo morir!)

por quienes ama. Amén

miércoles, 5 de enero de 2011


«Y serán mis testigos en Jerusalén,

en toda Judea y Samaría

y hasta los extremos de la tierra» (Hch 1,8)

Si me preguntan cómo veo a nuestra Iglesia, debo confesar que me siento inundado por sentimientos encontrados. Permítanme en estas breves líneas compartirles una reflexión desde mi vida, desde mi ser creyente, desde mi ser un bautizado y confirmado que forma parte de ese Pueblo que le pertenece a Dios.

El Concilio Vaticano II confesó que la Iglesia es «santa y siempre necesitada de purificación» (Lumen gentium n.8) y esto es constatado en todos los niveles de participación eclesial. Junto a las limitaciones de agentes pastorales, de religiosos, de religiosas, de presbíteros e, incluso, de obispos que se convierten en “piedras de caída” para muchos, se encuentran innumerables niños, jóvenes y adultos que comparten su entusiasmo por compartir la fe con creatividad y espontaneidad, fieles a la fe que profesan.

Junto a los escándalos de sacerdotes pederastas, efebófilos o con pareja íntima existen muchísimos presbíteros y obispos que sirviendo en numerosas zonas dan su vida entera atendiendo al pueblo de Dios encomendado a ellos. Lo mismo sucede con religiosos y religiosas que con su manera de ser o por el cargo que poseen en ciertas instituciones se dejan absorber por las actividades, olvidando su carisma congregacional; estos mismos conviven con todos los esfuerzos de renovación y revitalización que las órdenes y congregaciones han iniciado. Por último, los agentes pastorales con los propios avatares de la vida familiar y laboral somos mucho más audaces para los propios intereses que para mostrar que somos los agentes de transformación en la fe, pero es innegable que cada vez más laicos y laicas asumen roles protagónicos en la Iglesia y en el mundo.

Junto a la santidad que posee la Iglesia porque su Esposo, Jesucristo, la hace santa existe una serie de circunstancias que nos hacen agachar la cabeza y reconocer que “llevamos un tesoro en vasijas de barro” (2 Cor 4,7), es decir, somos frágiles y es, justamente aquello, lo que no debemos olvidar.

Y es que cada vez que olvidamos que es Dios quien conduce a la Iglesia, cada vez que olvidamos que es su Espíritu quien nos alienta, caemos en la tentación enorme de la autosuficiencia. No se trata tampoco de formas espirituales que reduzcan la labor humana, mucho menos de un voluntarismo que rechace la acción de la gracia. Se trata que como Iglesia recordemos que nuestra misión, prolongación de la misión de Cristo, es dar testimonio a pesar de nuestras muchas limitaciones, testimonio que hunde sus bases en el reconocimiento humilde de nuestra fragilidad, desde la que Dios también actúa: “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).

¿Cómo veo a nuestra Iglesia? la veo en constante prueba, la veo Madre, la veo Hija, la veo Hermana, la veo Mártir, la veo Santa, la veo Pecadora… veo a nuestra Iglesia en una hora decisiva donde está en juego la fidelidad al mensaje recibido, esperemos no se nos juzgue con lo que es dicho en el libro de la revelación: “tengo algo en contra tuya: haz olvidado al amor primero” (Ap 2,4). Veo a nuestra Iglesia, siendo consciente de las sombras que alberga pero más la veo con las muchas luces y posibilidades que se abren frente a ella, éstas no guardan con el crecimiento de la feligresía -ya cambiaron las épocas en que se debía vivir un régimen de cristiandad- sino de volver a los orígenes, de recordar en quién está fundamentada, es decir, repetirnos aquello de “acuérdate de Jesucristo”(2 Timoteo 2,8), de su actuar, de su proceder, de sus claras opciones.

Espero entiendas, ahora que voy terminando, cuáles son esos sentimientos encontrados de los que hablé al inicio: por un lado, una pena profunda por las heridas que se abren hacia dentro de nuestra Iglesia y, por otro lado, una profunda esperanza en que vuelva a la Iglesia esa capacidad de ser sacramento «de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium n.1). Hay retos sí, cada vez más tomamos en serio aquello. Afrontemos cada vez más desde nuestra vocación particular las nuevas circunstancias y respondamos con la audacia que la fe nos provoca.

domingo, 19 de diciembre de 2010


Señor, estamos a punto de celebrar

nuevamente el Misterio de haberte hecho niño,

el Misterio de haberte hecho persona,

aquel momento en que mostraste cómo es tu Reino

donde tu gloria es un pesebre,

donde tu trono son unos pañales,

donde tu corte son tus padres

y unos pastores que tuvieron la audacia de reconocerte.



Y así inicias en Ti tu Reino,

Reino donde la fidelidad y la verdad

denuncian las estructuras injustas,

Reino donde la justicia y el derecho

recuperan el valor de la fraternidad,

Reino donde la paz no es solo una palabra bonita

sino la búsqueda común en un proyecto que busca el bien de todos.

Y en esta nueva Navidad tenemos cierto temor

a que la celebración se diluya en medio de adornos y regalos,

en medio de luces de bengala,

en medio de árboles y tarjetas.


Por eso, Jesús, amigo nuestro,

no solo queremos pedirte paz y amor

sino que también queremos pedirte nos regales

esa misma pasión comprometida por el ser humano

que nos has mostrado al hacerte carne de nuestra carne,

y que aquel compromiso sea acción,

que esa acción sea reflexión

y esa reflexión sea siempre coherente.


Queremos pedirte también que

podamos tratarnos todos como iguales,

que nuestro trato sea justo y equitativo

tanto con varones como con mujeres,

tanto con niños como con jóvenes y adultos,

que sepamos descubrir el gran valor

de la dignidad humana

que tú has asumido con todas sus consecuencias.

Jesús, que nuestras actividades y todo lo que hagamos

pueda dar testimonio de esa experiencia comunitaria

que busca ser en todo instante muestra Iglesia,

que la palabra solidaridad

no sea solamente once letras que llenar

en el “crucigrama” de nuestros programas pastorales

y, mucho menos, en el “crucigrama” de nuestra vida.

Y así, con todo esto,

podamos hacer experiencia de renovación y revitalización

buscando en todo y con todos

generar aquella comunión

(que a veces llaman koinonia)

que Tú has iniciado

juntando lo humano y lo divino,

y así optar por la persona con todo lo que ello significa.


Que esta Navidad, Jesús, podamos comprometernos

en la construcción de un mundo mucho más solidario,

en donde contemplar nuestro entorno,

nos mueva a vivir con radicalidad tu mensaje encarnado,

y así anunciar que tu Amor es una forma de vida

que nos hace mejores personas, mejores ciudadanos, mejores creyentes.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Que un laico hable del presbítero o del obispo forma parte de aquellos «signos de los tiempos» que hemos vivido desde la convocatoria del Concilio. El proceso que ha hecho la Iglesia de mirarse a sí misma –iniciado en el Concilio Vaticano II- ha producido una renovación que es motivo de cambio y no por ello deja de ser «crisis» entendida como la oportunidad de crecer afrontando nuevos retos.

El sacerdocio se entiende desde la Biblia como una expresión del contacto íntimo con lo sagrado, en la profundidad del sacerdocio veterotestamentario está el separarse para servir exclusivamente al Señor; esta profundidad alcanzará su radicalización (¡volver a la raíz!) en la experiencia de Jesús que con su encarnación le dará a lo profano cierta dimensión sacra.

Pienso que esta dimensión del sacerdocio ayudaría a comprender al sacerdote integrado en la comunidad; es decir, el que la Encarnación rompa con el binomio sagrado-profano es un presupuesto teológico que se puede valorar como característica en la misión/vocación sacerdotal.

Hablar de misión –sea laical, sacerdotal o religiosa- es recordar siempre la vocación y, por lo mismo, fijarnos en la fidelidad de la respuesta, no existe vocación alguna sin una misión y ambas son parte de una misma realidad. La Encarnación no solo como Misterio sino también como actitud puede ser criterio de esta dimensión misionera. Si se procura ser consecuente con este planteamiento esto acarrea una serie de preguntas que plantearé en voz alta recurriendo a lo que en alguna ocasión he escuchado a agentes pastorales o jóvenes: ¿Son nuestros sacerdotes agentes de comunión que conocen su entorno? ¿Están presentes en las comunidades compartiendo los gozos y esperanzas de la porción del pueblo de Dios a ellos encomendado? ¿Se presentan cercanos y solícitos a las necesidades reales? ¿Son capaces de relacionarse con afecto y madurez tanto con varones como con mujeres? ¿Manejan el servicio de la autoridad como verdadero servicio? ¿Son comunicadores del amor de Dios con sus palabras, gestos y obras?.

Lejos de ser negativo o pesimista, por un lado, o triunfalista e ingenuo por el otro, realizo estas preguntas puesto que la Encarnación expresa toda una dinámica que en la misión y pastoral nos exige, al modo de Jesús de Nazaret, responder con una presencia capaz de amarlo y llevarlo todo para que «él lo sea todo en todos» (1 Cor 15,28).

Sacerdotes encarnados en la comunidad encomendada es al mismo tiempo una invitación y una exigencia, no se trata solamente de ser extrovertido o introvertido, de ser buen administrador o construir mucho, de tener templos preciosos o vestir de un modo específico; se trata, como nos decía el Concilio que “los presbíteros se deban a todos, en cuanto a todos deben comunicar la verdad del Evangelio…(que) lleven a las gentes a glorificar a Dios, observando entre ellos una conducta ejemplar” (PO n. 4).

miércoles, 2 de junio de 2010

Una pequeña oración


Dar un paso, Jesús, es difícil
pero tenemos la seguridad
que estás a nuestro lado animándonos y acompañándonos
en todo instante.

La vida, Jesús, es una travesía,
no hay suceso alguno que no nos invite a continuar,
a seguir adelante y emprender nuevos rumbos,
por eso es que te pedimos
aumentes nuestra capacidad de discernimiento
para escoger lo mejor para nosotros
y también para los nuestros.

Sabemos, Jesús, que el camino no lo hacemos solos
ni mucho menos aislados,
sino que estamos constantemente llamados
a formar comunidad,
por eso te pedimos que no perdamos de vista
el diálogo cercano
y la corrección siempre fraterna
y así crecer juntos
en fe, en esperanza y en caridad,
que no son solamente palabras bonitas
sino que también son hechos concretos.

De modo que poniendo al servicio
nuestras muchas capacidades
siendo conscientes de nuestras limitaciones,
que en todo busquemos
el bien de todos;
que estemos siempre atentos al que necesita
no sólo con la palabra oportuna
sino que también escuchando los gritos,
incluso los del mismo silencio.

Que nuestro liderazgo sea servicio,
que nuestro servicio sea acción,
que nuestra acción sea testimonio,
y que nuestro testimonio sea fidelidad.
Sigue acompañándonos, Jesús,
en la intimidad de ser tus discípulos
y en la convicción de ser tus misioneros,
y así construir en nuestra sociedad
aquella civilización del amor
que lo transforma todo
según tu Corazón.