
«Y serán mis testigos en Jerusalén,
en toda Judea y Samaría
y hasta los extremos de la tierra» (Hch 1,8)
Si me preguntan cómo veo a nuestra Iglesia, debo confesar que me siento inundado por sentimientos encontrados. Permítanme en estas breves líneas compartirles una reflexión desde mi vida, desde mi ser creyente, desde mi ser un bautizado y confirmado que forma parte de ese Pueblo que le pertenece a Dios.
El Concilio Vaticano II confesó que la Iglesia es «santa y siempre necesitada de purificación» (Lumen gentium n.8) y esto es constatado en todos los niveles de participación eclesial. Junto a las limitaciones de agentes pastorales, de religiosos, de religiosas, de presbíteros e, incluso, de obispos que se convierten en “piedras de caída” para muchos, se encuentran innumerables niños, jóvenes y adultos que comparten su entusiasmo por compartir la fe con creatividad y espontaneidad, fieles a la fe que profesan.
Junto a los escándalos de sacerdotes pederastas, efebófilos o con pareja íntima existen muchísimos presbíteros y obispos que sirviendo en numerosas zonas dan su vida entera atendiendo al pueblo de Dios encomendado a ellos. Lo mismo sucede con religiosos y religiosas que con su manera de ser o por el cargo que poseen en ciertas instituciones se dejan absorber por las actividades, olvidando su carisma congregacional; estos mismos conviven con todos los esfuerzos de renovación y revitalización que las órdenes y congregaciones han iniciado. Por último, los agentes pastorales con los propios avatares de la vida familiar y laboral somos mucho más audaces para los propios intereses que para mostrar que somos los agentes de transformación en la fe, pero es innegable que cada vez más laicos y laicas asumen roles protagónicos en la Iglesia y en el mundo.
Junto a la santidad que posee la Iglesia porque su Esposo, Jesucristo, la hace santa existe una serie de circunstancias que nos hacen agachar la cabeza y reconocer que “llevamos un tesoro en vasijas de barro” (2 Cor 4,7), es decir, somos frágiles y es, justamente aquello, lo que no debemos olvidar.
Y es que cada vez que olvidamos que es Dios quien conduce a la Iglesia, cada vez que olvidamos que es su Espíritu quien nos alienta, caemos en la tentación enorme de la autosuficiencia. No se trata tampoco de formas espirituales que reduzcan la labor humana, mucho menos de un voluntarismo que rechace la acción de la gracia. Se trata que como Iglesia recordemos que nuestra misión, prolongación de la misión de Cristo, es dar testimonio a pesar de nuestras muchas limitaciones, testimonio que hunde sus bases en el reconocimiento humilde de nuestra fragilidad, desde la que Dios también actúa: “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).
¿Cómo veo a nuestra Iglesia? la veo en constante prueba, la veo Madre, la veo Hija, la veo Hermana, la veo Mártir, la veo Santa, la veo Pecadora… veo a nuestra Iglesia en una hora decisiva donde está en juego la fidelidad al mensaje recibido, esperemos no se nos juzgue con lo que es dicho en el libro de la revelación: “tengo algo en contra tuya: haz olvidado al amor primero” (Ap 2,4). Veo a nuestra Iglesia, siendo consciente de las sombras que alberga pero más la veo con las muchas luces y posibilidades que se abren frente a ella, éstas no guardan con el crecimiento de la feligresía -ya cambiaron las épocas en que se debía vivir un régimen de cristiandad- sino de volver a los orígenes, de recordar en quién está fundamentada, es decir, repetirnos aquello de “acuérdate de Jesucristo”(2 Timoteo 2,8), de su actuar, de su proceder, de sus claras opciones.
Espero entiendas, ahora que voy terminando, cuáles son esos sentimientos encontrados de los que hablé al inicio: por un lado, una pena profunda por las heridas que se abren hacia dentro de nuestra Iglesia y, por otro lado, una profunda esperanza en que vuelva a la Iglesia esa capacidad de ser sacramento «de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium n.1). Hay retos sí, cada vez más tomamos en serio aquello. Afrontemos cada vez más desde nuestra vocación particular las nuevas circunstancias y respondamos con la audacia que la fe nos provoca.
A veces cuando uno le pone tanto empeño a la labor que hace, trata de cuidar en todo momento su imagen, trata de cumplir con las exigencias de la iglesia y con amor te dedicas a ella.
ResponderEliminarDerrepente te topas con personas que quieren mandar a bajo todo lo que construistes con empeño y esfuerzo.
Pero es alli donde encuentras una luz de esperanza que te sostiene y saber que cristo esta en todo momento contigo, brindadote diferente demostraciones de amor, hace que nos reconforte y sigamos adelante.
Poderia dizer que em sua escrita a um certo relativismo?
ResponderEliminarAdriano. Brasil.
Eu posso de dizer o mesmo... eu sei que a relatividade existe, é eu sou um filho dela..... mas eu gostaria de ler onde é que vc acha o relativismo... Um abraço irmâo... lembranças!!!
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