El problema no es del joven
Al preguntarse sobre cómo debe ser nuestra pastoral juvenil (y vocacional) nos plantemos muchas veces las preguntas ¿por qué no hay jóvenes en la pastoral?, ¿por qué ya no vienen?, ¿por qué no terminan el proceso de catequesis? Y es que en muchas situaciones, el cuestionamiento está en direcciones hacia ellos y no en dirección hacia nuestras propias pastorales.
Quizá podríamos variar las preguntas: ¿Nuestra P.J. responde las necesidades de los jóvenes? ¿Nosotros animadores o asesores conocemos la realidad de los jóvenes a los que queremos acompañar? ¿Nuestros programas comunican experiencias o sólo infunden conocimientos?
Por lo que pienso que para pensar nuestra P.J. es preciso hacer un mea culpa puesto que (parto de mi experiencia como animador en la P.J.) descubro que más concentración y fuerzas se coloca en lo cognoscitivo que en lo experimental, más en lo doctrinal que en lo existencial, obviamente con una mirada más correctiva que acompañante. En definitiva, el problema de nuestra P.J. no es el/la joven sino nosotros mismos, animadores y asesores de P.J., que miramos nuestros ombligos sin variar nuestra metodología y nuestras estrategias pastorales para acercarnos más a los/las jóvenes.Un pastoral donde el joven es el protagonista
Siendo parte de un equipo de Pastoral Juvenil, -avalado por la experiencia que en éste he logrado- permite que valore la necesidad de motivar y vivir una P.J. donde el/la joven es el protagonista de su propia acción formativa, brindándole un espacio donde obtenga elementos que le permitan “abrir caminos” y asumir compromisos basados en su entorno inmediato, ya sea social, político, religioso o económico. (Considerando que el religioso muchas veces es el que menos les importa).
Esto implica un cambio de perspectiva en torno a la organización y animación de la vida de los/las jóvenes en nuestras comunidades parroquiales que implicaría:
Aplicar una metodología que le permita al joven discernir partiendo de su propia realidad.
Elaborar itinerarios formativos que tengan en cuenta las diferentes edades y procesos de maduración, tanto en la fe como psicológicamente.
Organizar los grupos de tal manera que puedan convertirse en instancias para “compartir la vida” y sus avatares.
Formar a los líderes ya existentes en las comunidades, en una pastoral participativa y orientada hacia una formación integral de los participantes.
Descentralizar la acción pastoral de la sede parroquial y movilizar a los/las jóvenes en actividades donde sean ellos mismos los agentes de cambio en diferentes lugares tanto de la jurisdicción parroquial como en acciones concretas fuera de ella.
De modo que valorando la vida de los/las jóvenes con las que entramos en contacto, sus propios procesos, asumamos la misma opción de Jesús que anuncia el reino de Dios, buscando que las personas encuentren su vocación, mostrándoselas él mismo (Cf. GS. 22) y siendo nosotros así, agentes de cambio en la construcción de la civilización del amor.
