domingo, 26 de julio de 2009




LA COMUNIDAD: UNA PEQUEÑA MEDITACIÓN.

La comunidad a la que Lucas se dirige (la comunidad de Teófilo) es una comunidad que conoce él bien: conoce su problemática, su situación religiosa. Sabe que en ella existen cristianos ricos y cristianos pobres.

Cuando leemos este pasaje de Hechos de Apóstoles muchas veces idealizamos la posición que ella nos narra. A veces nos decimos ¿por qué no podemos vivir como vivieron ellos?

La comunidad de creyentes, los del “camino”, en la época de Lucas (finales del s. I) no vivían todo color de rosa. Sino más bien que estos escritos, el tercer evangelio y Hechos, responden a una problemática: en las comunidades se vive diferencias muy graves debido a la condición económica de algunos y un mal trato por parte de los que tienen y no tienen.

Este pasaje (2, 42ss) al igual que otros en este libro son llamados SUMARIOS (recurso literario muy usado por el autor ), en ellos se condensa información que quiere proponer a los lectores como PROYECTO, como ideal de vida. Lo que hace el autor es decirle a la comunidad ¿Por qué no viven esto? ¿No es aquello lo que Jesús querría?

¿Qué es lo que debe diferenciar a la comunidad? El autor de Hch. nos responde: “Los que habían creído estaban muy unidos y compartían sus bienes entre sí” (2,44). Lucas les está proponiendo un estilo de vida a la luz de Jesús. A esto se le ha llamado el “comunismo primitivo” , a ese momento en que la comunidad establece vínculos que superan el modo de vida común. Claro que esta idea de fraternidad ha sido gesta ya.

El famoso sumario de Hechos 2, 42 ss. es el que nos embarga en estos momentos. ¿Qué podemos decir en relación a nuestras comunidades?

“Todos se mantenían firmes en las enseñanzas de los apóstoles, compartían lo que tenían y oraban y se reunían para partir el pan”

“Todos se mantenían firmes en las enseñanzas de los apóstoles”
¿Cuál era esa enseñanza de los apóstoles? No se trata de doctrinas o estructuras, sino más bien del testimonio que ellos daban de Jesús. Para Lucas, el apóstol es el garante de la continuidad . Mantenerse firmes en esas enseñanzas es ser fieles a Jesús a quien ellos han conocido y han compartido con él. La persona de Jesús es la que debe ser la medida de pertenencia a la comunidad. Esa actitud debe marcar nuestra puesta en “camino”.
¿Qué tanto la comunidad conoce acerca de Jesús? ¿Lo conoce o se ha quedado en imágenes que deforman la personalidad de Jesús de Nazareth?

“compartían lo que tenían”
Esta es la segunda característica del ideal de comunidad. La experiencia de conocer a Jesús los llevó a un segundo momento: no permitir que existan necesidades entre ellos. No se trata sólo de un asistencialismo o de una actividad hueca. Si antes la experiencia de Jesús era lo que los marcaba y diferenciaba, ahora es el compartir la vida el signo de diferencia. Es bastante llamativo el hecho de quiénes conocen a Jesús de Nazareth por el testimonio de los apóstoles deseen despojarse de algunas cosas. La consigna es esta: no puede haber necesitados, no puede haber necesidad de ningún tipo. A veces hemos idealizado esta imagen en sólo una caridad sin entender la profundidad de la “creatividad social de la fe”. Un compromiso, una experiencia con el Señor hacía que se correspondiese a los hermanos. ¿Nuestras comunidades en verdad comparten la vida o se han enfriado debido a rigorismos o moralismos que no están en la experiencia de Jesús?

“oraban”
La vida es la que se lleva a la oración. La experiencia de Dios compartida en un grupo lleva a reconocer que esto no puede ser llevado adelante sino que con él. Ahí brota la oración como elemento relacional. La comunidad puede orar porque ella es fiel a Jesús, porque comparte la vida con todos sus avatares. De aquí que podamos decir que una oración que no tenga su base en la realidad, en lo que está sucediendo sea una oración hueca. La comunidad debe mantenerse atenta a su entorno. ¿Nuestra comunidad está siendo consciente de lo que pasa delante nuestro o estamos dándole la espalda a la realidad?

“se reunían para partir el pan”
La condición final de la vivencia de la comunidad se evidencia en la fracción del pan. Tal y como afirma Rafael Aguirre es curioso que se ponga atención en sólo esta última expresión de la Koinonia sin considerar que para participar plenamente de la fracción del pan había que estar atentos a las condiciones anteriores. Sólo será fructífera la Fracción del Pan si tiene su eco en el obrar de Jesús, que tenga su profundidad en la experiencia de la vida cotidiana y se comprometa con la realidad. Participar de la Fracción del pan es justamente el símbolo y resumen de todos los anteriores. Justamente si vivo los anteriores es que puedo ser admitido en la Mesa de todos. ¿Qué prima en nuestras eucaristías? ¿El recuerdo y actualización de la obra de Jesús o una actitud sólo ritualista y cumplidora de la ley?



Revisando la comunidad
Ahora teniendo en cuenta estos elementos podemos tener algún tipo de reflexión acerca de nuestra pertenencia a la comunidad.
Es bueno que hagamos un examen de conciencia comunitaria. Y repetirnos las preguntas que hacíamos al final de cada una de las explicaciones:

¿Qué tanto la comunidad conoce acerca de Jesús? ¿Lo conoce o se ha quedado en imágenes que deforman la personalidad de Jesús de Nazareth?

¿Nuestras comunidades en verdad comparten la vida o se han enfriado debido a rigorismos o moralismos que no están en la experiencia de Jesús?

¿Nuestra comunidad está siendo consciente de lo que pasa delante nuestro o estamos dándole la espalda a la realidad?

¿Qué prima en nuestras eucaristías? ¿El recuerdo y actualización de la obra de Jesús o una actitud sólo ritualista y cumplidora de la ley?


Cuáles son las características que debemos poseer para darle vida a nuestra comunidad. Según el texto de Hechos de Apóstoles son:

1. Un conocimiento de Jesús que sea mucho más experiencial que doctrinal. No se trata de saber cosas sobre él, sino más bien de saber actuar como él lo haría.

2. La experiencia de Dios pasa por la vida. No cabe en el pensamiento cristiano el hecho de la fe vivida de manera aislada. ¿Dónde encuentro a Dios? En la experiencia con otros.

3. Esta experiencia de Dios y de la comunidad permite relacionarnos de manera sana con Dios y con las personas, siendo conscientes de lo que está alrededor. Esto implica estar atentos/as. La fe es histórica.

4. Nuestras Eucaristías no deben nunca olvidarse que para ser experiencia de Dios debe enviarnos a transmitir aquello que experimentamos.

jueves, 9 de julio de 2009




Homilía para el Dom. 29 del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Is 53, 10-11; Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22; Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45

El sufrimiento siempre ha sido un tema muy tocado entre los creyentes. ¿Por qué sufrimos? ¿El sufrimiento es bueno? Lamentablemente, a veces (muchas veces) no entendemos bien algo que es muy importante: EL sufrimiento NO es un bien. Nosotros, los creyentes, no buscamos el sufrimiento ni mucho menos nos gozamos en él.

Y ahí viene una pregunta importante ¿Cómo entender la primera lectura? Este texto forma parte de los llamados Cánticos del Siervo sufriente y es importante que sepamos que NO SON UNA ACEPTACIÓN FATALISTA DEL DOLOR (escondida en la frase: Dios quiere que suframos y nos envía el sufrimiento para salvarnos) SINO MÁS BIEN ES UNA CONSTATACIÓN DEL DOLOR del pueblo ante una situación muy difícil y que saliendo de ella, mirándolo con otros ojos –con los de la fe- reconocen que ese dolor, ESE SUFRIMIENTO NO HA SIDO LA ÚLTIMA PALABRA en su historia, no ha sido el fin sino más bien la oportunidad, la exigencia para salir de ello.

De ahí que podamos cantar con el salmista: “BENDECIRÉ AL SEÑOR EN TODO MOMENTO, proclamen conmigo la grandeza del Señor…me libró de todas mis ansias”. El hombre bíblico reconoce que TODO LO QUE SUCEDE TIENE UN PARA QUÉ y eso lo percibe en su historia: historia donde Dios habla, se comunica, a pesar de las dificultades, de las adversidades. En todo momento, hasta en los difíciles es posible bendecir al Señor, por supuesto con palabras diferentes que brotan con espontaneidad de acuerdo al momento.

La carta a los hebreos nos da una pista para entender el alcance de la obra de Jesús. Su obra parte de ser cercano a nosotros: igual a nosotros. Un Padre de la Iglesia decía de manera hermosa: “lo que no se asume no se redime”. Y es que Jesús de Nazareth asume toda nuestra humanidad y eso por un lado nos muestra esa cercanía total y por otro lado nos muestra que nuestro Dios entiende cada y una de las situaciones humanas que nosotros pasamos: alegrías, gozos, penas, llantos. En esa cercanía encontramos lo más sagrado de su obrar. ÉSE ES, PUES, EL SACERDOCIO DE JESÚS: MOSTRAR EL ACCESO TOTAL A DIOS, ESE DIOS PAPÁ QUE ESTÁ PRESENTE EN LA HISTORIA.

Hagamos ahora, antes de comentar el evangelio, un intento más para entender la situación planteada a nosotros: ¿No es muchas veces e sufrimiento la clave de acceso para nuestro encuentro con Dios? ¿A veces no pensamos que si más sufrimos o más buscamos el dolor o mortificación más nos acercamos a Dios? ¿A veces no reducimos el encuentro con Dios a tan sólo el ámbito personal con nuestros sufrimientos? Estas preguntas debemos hacérnoslas hoy como creyentes.

Marcos en el evangelio nos presenta una situación muy particular

¿Qué es lo más importante en la vida cristiana?
¿Poseer un lugar?
¿Pasar por el mismo cáliz que Jesús?
¿Sufrir por un puesto?

Frente a las diferentes actitudes que pueden haber, las palabras de Jesús son más que rotundas: el mundo se rige con poder “pero entre ustedes no será así”. Entre nosotros discípulos y discípulas de Jesús de Nazareth esa es una constante tensión: ¿cuál debe ser nuestra actitud? o mejor, ¿QUÉ ES LO PRINCIPAL?

Y esta situación nos permite ver lo anterior, lo del sufrimiento, a la luz de Jesús: ¿Qué es lo importante a la luz de Jesús? Esa es una pregunta que debemos hacernos constantemente. Si somos seguidores de Jesús ¿QUÉ ES LO QUE MARCA NUESTRO OPTAR POR EL MAESTRO? ¿EL SERVIRNOS, EL AYUDARNOS O MI/NUESTRA SALVACIÓN PERSONAL E INDIVIDUALISTA (ASOCIADA MUCHAS VECES AL SUFRIMIENTO)?

La invitación que nos hace Jesús es clara: “El Hijo del Hombre ha venido a servir”: él tan humano como nosotros nos pide que nos pongamos al servicio de los otros, y PARA ESTO NOS DEBE AYUDAR LA EUCARISTÍA QUE CELEBRAMOS HOY: A RECONOCER EN UNA MESA DE IGUALES DONDE EL OTRO NECESITA DE MÍ Y ESTOY INVITADO A SER COMO EL MAESTRO: SIEMPRE DISPUESTO A SERVIR. Si la Eucaristía consigue que concienticemos esto, en verdad asumiremos esa cercanía que Jesús nos ha mostrado.

miércoles, 1 de julio de 2009


EL HUMOR EN LA PREDICACIÓN

Hace mucho leía unas tiras cómicas de un sacerdote llamado José Luis Cortés, en las que colocaba una serie de gráficos en lo que se llamaba el Evangelio según Cortés. Estas tiras unían un sentido bastante peculiar de ver la fe: en clave de humor reflexivo, quizá hasta suspicaz, pero en esa visión tal y como nos lo presenta Eduardo en el escrito trabajado para nuestro curso.
[1]

Humor no es burla sino más bien, una actitud frente a lo que sucede, frente al entorno. ¿Jesús poseía buen humor? El libro de Umberto Eco, El Nombre de la Rosa –y la película del mismo título- sitúa dentro de todo su drama una pugna entre la “risa ridícula” y la “seriedad de la fe”. Y es que muchas veces se ha asociado la fe, lo concerniente a Dios en constante relación con lo solemne, con lo formal, con lo serio y disociándolo de lo alegre, lo festivo. Además, un problema muchas veces está en medir con categorías culturales propias la cultura y expresiones de otra, totalmente diferente a la nuestra: Jesús era un hombre mediterráneo, además Galileo, reconocido por comilón y borracho, que emplea imágenes que por ser cotidianas no les quita su gracia. ¿Quién comparó el Reino con una semilla? (Para nosotros es una imagen hermosa, hasta mística, pero como bien dice Eduardo en su libro: estas imágenes pueden llegar a ser hasta “extravagantes”).

El humor está referido a una actitud, como enuncié en el párrafo anterior, y esa actitud implica ver, contemplar lo que sucede con otros ojos, con otra mirada, y eso implica por un lado mayor atención a lo que ocurre como también “verle el lado bueno” al asunto. El humor está conectado, como dice nuestro buen Eduardo, con el amor, con la humildad, con el optimismo, con la alegría, con un alma poética, todo esto se resumen en su expresión bastante lograda: “Jesús nos invita a una actitud positiva frente a la vida”.

A lo que Eduardo nos invita, a quiénes toca predicar, es a mantener una actitud diferente al anunciar el mensaje, no es lo mismo comunicar la Palabra como “hijastro” que como hijo confiado en un Dios Papá; no es lo mismo comunicar la Palabra como alguien que no cree en los demás que como alguien confiado en la misericordia; no es lo mismo comunicar la Palabra no generando alegría por ser testigo y experimentado de ella que como quien conoce a un Dios cercano. La vida cristiana nos exige recuperar el carácter festivo de nuestra espiritualidad, que poco a poco hemos perdido debido a la “seriedad de las cosas de Dios”.


[1] E. Arens. El humor de Jesús y la alegría de los discípulos. CEP. 2002. Se trata del curso de Pastoral de la Palabra. ISET 2009-I