miércoles, 1 de julio de 2009


EL HUMOR EN LA PREDICACIÓN

Hace mucho leía unas tiras cómicas de un sacerdote llamado José Luis Cortés, en las que colocaba una serie de gráficos en lo que se llamaba el Evangelio según Cortés. Estas tiras unían un sentido bastante peculiar de ver la fe: en clave de humor reflexivo, quizá hasta suspicaz, pero en esa visión tal y como nos lo presenta Eduardo en el escrito trabajado para nuestro curso.
[1]

Humor no es burla sino más bien, una actitud frente a lo que sucede, frente al entorno. ¿Jesús poseía buen humor? El libro de Umberto Eco, El Nombre de la Rosa –y la película del mismo título- sitúa dentro de todo su drama una pugna entre la “risa ridícula” y la “seriedad de la fe”. Y es que muchas veces se ha asociado la fe, lo concerniente a Dios en constante relación con lo solemne, con lo formal, con lo serio y disociándolo de lo alegre, lo festivo. Además, un problema muchas veces está en medir con categorías culturales propias la cultura y expresiones de otra, totalmente diferente a la nuestra: Jesús era un hombre mediterráneo, además Galileo, reconocido por comilón y borracho, que emplea imágenes que por ser cotidianas no les quita su gracia. ¿Quién comparó el Reino con una semilla? (Para nosotros es una imagen hermosa, hasta mística, pero como bien dice Eduardo en su libro: estas imágenes pueden llegar a ser hasta “extravagantes”).

El humor está referido a una actitud, como enuncié en el párrafo anterior, y esa actitud implica ver, contemplar lo que sucede con otros ojos, con otra mirada, y eso implica por un lado mayor atención a lo que ocurre como también “verle el lado bueno” al asunto. El humor está conectado, como dice nuestro buen Eduardo, con el amor, con la humildad, con el optimismo, con la alegría, con un alma poética, todo esto se resumen en su expresión bastante lograda: “Jesús nos invita a una actitud positiva frente a la vida”.

A lo que Eduardo nos invita, a quiénes toca predicar, es a mantener una actitud diferente al anunciar el mensaje, no es lo mismo comunicar la Palabra como “hijastro” que como hijo confiado en un Dios Papá; no es lo mismo comunicar la Palabra como alguien que no cree en los demás que como alguien confiado en la misericordia; no es lo mismo comunicar la Palabra no generando alegría por ser testigo y experimentado de ella que como quien conoce a un Dios cercano. La vida cristiana nos exige recuperar el carácter festivo de nuestra espiritualidad, que poco a poco hemos perdido debido a la “seriedad de las cosas de Dios”.


[1] E. Arens. El humor de Jesús y la alegría de los discípulos. CEP. 2002. Se trata del curso de Pastoral de la Palabra. ISET 2009-I

3 comentarios:

  1. Muy interesante el comehtario. La risa, y en general el humor, no están para nada reñidos ni con la fe ni con la tradición bíblica. Pensemos en la escena de Abraham y Sara, cuando le prometen un hijo y ella se muere de risa detrás de la tienda, o en la escena de Dalila cortándole el pelo a Sansón, etc. La trascendencia del mensaje cristiano, ése anunciado por el propio Jesús de Nazaret, no debería llevar a pensar que él era un hombre adusto, seriote, incapaz de reír, seco, grave. Si sabía llorar y enojarse, ciertamente sabía reír.
    Recominedo la lectura de "El humor en la Biblia", del exégeta Arturo Bravo, editado en Chile.

    Guillermo Rosas ss.cc.

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  2. Le di una leida a tu comentario al "humor de Cristo" desde Arens. Lo sacro y lo festivo siempre están y estarán en permanente tensión porque "algunos" no entienden que Jesús (y Dios Papá), al compartir la vida de los hombres no se sustraen a este componente principal en las relaciones humanas porque si lo hicieran la encarnación no sería plena.


    PEDRO VIDARTE ENRIQUEZ SS.CC.

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  3. vaya que leer escritos como estos son como pastillas que te animan mas a ser positivo y estar alegre a la hora de hablar con los demás. También es una buena noticia para uno; de seguro que el escritor sagrado nos quiere decir algo mas cuando nos dice que Jesús hablaba con autoridad y es que una predica y un anuncio de la categoria del reino de Dios tenia que decirse con una actitud que contagie a sus oyentes, como lo hizo Cristo; pues vivir y anunciar una verdad como el amor de Dios dicha con enojo y sin un sentido alegre y positivo se convierte en media verdad que no convence a nadie.

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