lunes, 27 de abril de 2009

"¿Por qué confías en mí?
porque te amo, pues"

Dyogo es mi hermano menor, él tiene seis años y por diversos motivos no viví con él cuatro de ellos. De regreso a casa hice peripecias y media para mostrarle que lo amaba. Él me decía “te quiero” y yo golpeaba su cabeza diciéndole: “¡no!, ¡te amo!”. En fin, hoy me ha dado otra lección en medio de sus risas, sus juegos, su espontaneidad.

Mientras jugábamos “disque” fútbol se me ocurrió llamarlo, él con ese cariño que desborda corrió para abrazarme. A mí se me ocurre pararme detrás de él y decirle que se arroje. Confieso que juraba que el pequeño no lo haría. Para mi sorpresa, su niñez me dio una cachetada: sin pensarlo dos veces se lanzó hacia atrás dejándose sostener por mis brazos muy cerca al suelo. Acto seguido, entre risas de él y mía, le pregunté:
- ¡Dyogo, ¿por qué confías en mí?!
-¡Porque te amo, pues! - me respondió.

Gracias Dyogito por esta lección que me has dado, haces que piense en lo difícil que es que los mayores confiemos entre nosotros mismos, en cómo cada día perdemos fe en las personas que tenemos cerca. Y es que si hay algo que es tan humano y divino que puede hacernos cambiar la visión de nuestra vida es simplemente el amor, amor que no es sólo una palabra bonita y, para algunos, utópica, sino que es una forma de vida donde se comparte la experiencia, se dialoga, se crece, se superan tensiones.

Me vienen a la mente las palabras del profeta de Nazareth: "Les aseguro que si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los cielos.” (Mt 18, 3) Sino somos capaces de entrar en diálogo “con cualquiera” y expresarle acogida, cercanía sin mirar de donde viene, qué títulos tiene o cuánto puede darme, simple y llanamente no podemos construir el Reino que es justamente eso: “paz, justicia y gozo” (Rm 14, 17)

“¿Por qué confías en mí? porque te amo” es la respuesta espontánea de un niño que cree en los que ama. A mí me plantea una serie de preguntas que deseo compartir: ¿Correspondo/correspondemos a esa confianza? ¿Soy/somos capaz/capaces de generar confianza a otras personas? ¿Amó/amamos efectivamente creando vínculos no volátiles sino asentados en la vida con todas sus “dificultades”?

domingo, 26 de abril de 2009


Tres patologías en la pastoral

Permítanme ustedes que sin ser médico dé un diagnóstico. Permítanme ustedes que sin ser teólogo diga una palabra de fe. Permítanme ustedes que sin ser pastor hable de la pastoral y que sin ser oveja me “escape” del rebaño.

Estas palabras son fruto de una experiencia pastoral y como tal no son ni palabra oficial de la Iglesia ni una verdad absoluta que hay que guardar. Repito es experiencia, es observar desde fuera algo que ya sucedió y que provoca admiración sino es indignación (Creo que ambos sentimientos se pueden experimentar de un mismo hecho). Estas palabras no atacan a una sola persona sino que le agradezco a muchas que con actitudes muy humanas (y poco trabajadas) hacen que pensemos en voz alta.

Un servicio pastoral tiene su ser y hacer en la Iglesia y para el Reino de Dios. Y existen dentro de ella de la Iglesia, diferentes ministerios para enriquecer, edificar, animar la vida de la comunidad eclesial y entre de ellos existen algunos que tiene relación con la ordenación sacramental. Definitivamente eso no es un problema, más bien es un don a la comunidad; lo que sí es un problema es el ejercicio de la “autoridad” o potestas.

La primera patología que deseo “diagnosticar” son la del presbítero o religiosa autoritarios. Sí sé que podría sonar fuerte o escandaloso, pero es algo que evidenciamos en nuestras prácticas pastorales donde el pastor es la “palabra última” en toda instancia, o lo que es peor, “la palabra única” en relación a cuestiones pastorales, de fe o administrativas. Y es que no significa que debamos disentir de cuánto digan, pero sí significa que muchas veces la cerrazón y la poca posibilidad a crítica o pensamiento diferente les suena a estos hermanos nuestros, a desobediencia o a falta de respeto. Y claro que la obediencia y el respeto son mal entendidos para quiénes asumen la “autoridad” como un “innato divino” incuestionable.

La segunda, y no menos peligrosa, tiene relación íntima con la anterior. Es bastante común y fruto de poca formación (quizá hasta de una excesiva sacralización) en relación a la figura sacerdotal o religiosa; y es, pues, la del laico o laica sumisos que no son capaces de tener palabra propia, todo cuanto dice la autoridad no puede ni debe ser refutado, además como son “escogidos” les pertenecen singulares interpretaciones que no pueden ser dudados.

Igual de beligerante en nuestras pastorales, es la tercera y no por eso desconocida patología. Ésta es la de aquellos y aquellas que sin asumir su carisma laical crean signos y símbolos para distinguirse (léase separarse), adoptan poses y figuras propias de los clérigos, mantienen una visión negativa de la persona y del mundo. Y es que los mini curas y las mini monjas son laicos y laicas que carcomidos por el sistema de “poder” que se viven en las diferentes comunidades de comunidades, las parroquias, viven situaciones que no les pertenece, añadámosle la poca formación o la pseudo formación que reciben.

Si hay algo que atraviesa estas tres patologías es la clásica negación y la poca aceptación de una formación crítica, formación de acuerdo a nuestro tiempo, a las nuevas necesidades y urgencias que vivimos. Si existe algo que un laico o una laica debe asumir es su ADULTEZ, su MAYORÍA DE EDAD, y es ahí donde pastores, teólogos y teólogas deben ayudar a asumir un compromiso fruto de la experiencia de Dios en medio del Pueblo donde cada uno y una tiene su lugar, voz propia, derecho a ser respetado, a discernir y a ser obedientes a la voluntad del Padre que es nuestra felicidad.

jueves, 23 de abril de 2009


Fieles a Dios, fieles a la persona

La fidelidad es un tema complejo, parto por reconocer esa experiencia. Nuestras historias personales, la historia humana misma lo confirma: está llena de fidelidades e infidelidades y a la luz de eso Dios se revela como aquel que acompaña y libera de aquellas situaciones que hacen “menos” a la persona.

Nuestra práctica pastoral en muchos lugares y situaciones ha centrado su atención en nombre de una fidelidad a Dios a exposiciones no solamente aburridas sino centradas meramente en lo doctrinal, o en todo caso, en lo teórico o lo moralizante, de modo que muchas veces actuamos como jueces o dueños de la verdad. Nuestras luchas y tensiones se dan a nivel de los contenidos que “deben ser” aprendidos, sin considerar muchas veces el carácter procesual inherente a la persona. La exigencia común es dirigida de manera vertical: nos acercamos a la gente queriéndole enseñar “lo que debe saber” y no asumimos muchas veces la experiencia personal donde Dios mismo se revela. Y es que en nombre de la fidelidad a Dios podemos pisotear la vida de la persona imponiendo más que proponiendo.

La persona misma puede ser considerada un “lugar teológico” por ser expresión de aquella “posibilidad” de la que la profundidad
[1] le es totalmente propio, pero el camino es largo y lamentablemente exigimos sin considerar diferentes circunstancias que condicionan la vida de la gente con la que nos relacionamos, de modo que en vez de anunciar a un Dios liberador, violentamos a la persona, y mostramos una imagen de Dios que no le pertenece. Y así somos fieles infieles.

Es por eso que en breves líneas, quería exponer este doble criterio que debe mover nuestra pastoral: nuestra fidelidad a Dios debe ser contrastada sí o sí con nuestra fidelidad a la persona. No podemos ser fieles a Dios sin conocer o aproximarnos al misterio de la persona, lo mismo que no podemos ser fieles a la persona sin caminar con ella hacia el descubrimiento de su capacidad de profundidad. Ireneo de Lyon afirmaba que la “gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre es la visión de Dios” ¿Asumimos la vida como asidero para esa acción de Dios? ¿Mostramos al estilo de Jesús la vocación verdadera de la persona (cf. GS 22)?o siendo más incisivo ¿Nuestra pastoral asume y conoce la realidad de nuestra gente o viene “en nombre de Dios” a imponer una visión alienante de la vida? o quizá ¿solo es enseñar y corregir?

La invitación es a asumir la experiencia misma de Dios: “Y Yahvé dijo: he visto la humillación de mi pueblo, conozco sus sufrimientos…he bajado” (Cf. Ex. 3, 4-8). Recordemos lo que nos dirigió el Concilio: “Los gozos y esperanzas de los hombres y mujeres, son los gozos y esperanzas de los discípulos de Cristo” ¿actualizamos en nuestras pastorales esas palabras? Seamos, pues, fieles a Dios siendo realmente fieles a la persona.

César Enrique Vega Dávila
1 de abril de 2009
[1] Cf. Paul Tillich. Teología de la Cultura.