jueves, 23 de abril de 2009


Fieles a Dios, fieles a la persona

La fidelidad es un tema complejo, parto por reconocer esa experiencia. Nuestras historias personales, la historia humana misma lo confirma: está llena de fidelidades e infidelidades y a la luz de eso Dios se revela como aquel que acompaña y libera de aquellas situaciones que hacen “menos” a la persona.

Nuestra práctica pastoral en muchos lugares y situaciones ha centrado su atención en nombre de una fidelidad a Dios a exposiciones no solamente aburridas sino centradas meramente en lo doctrinal, o en todo caso, en lo teórico o lo moralizante, de modo que muchas veces actuamos como jueces o dueños de la verdad. Nuestras luchas y tensiones se dan a nivel de los contenidos que “deben ser” aprendidos, sin considerar muchas veces el carácter procesual inherente a la persona. La exigencia común es dirigida de manera vertical: nos acercamos a la gente queriéndole enseñar “lo que debe saber” y no asumimos muchas veces la experiencia personal donde Dios mismo se revela. Y es que en nombre de la fidelidad a Dios podemos pisotear la vida de la persona imponiendo más que proponiendo.

La persona misma puede ser considerada un “lugar teológico” por ser expresión de aquella “posibilidad” de la que la profundidad
[1] le es totalmente propio, pero el camino es largo y lamentablemente exigimos sin considerar diferentes circunstancias que condicionan la vida de la gente con la que nos relacionamos, de modo que en vez de anunciar a un Dios liberador, violentamos a la persona, y mostramos una imagen de Dios que no le pertenece. Y así somos fieles infieles.

Es por eso que en breves líneas, quería exponer este doble criterio que debe mover nuestra pastoral: nuestra fidelidad a Dios debe ser contrastada sí o sí con nuestra fidelidad a la persona. No podemos ser fieles a Dios sin conocer o aproximarnos al misterio de la persona, lo mismo que no podemos ser fieles a la persona sin caminar con ella hacia el descubrimiento de su capacidad de profundidad. Ireneo de Lyon afirmaba que la “gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre es la visión de Dios” ¿Asumimos la vida como asidero para esa acción de Dios? ¿Mostramos al estilo de Jesús la vocación verdadera de la persona (cf. GS 22)?o siendo más incisivo ¿Nuestra pastoral asume y conoce la realidad de nuestra gente o viene “en nombre de Dios” a imponer una visión alienante de la vida? o quizá ¿solo es enseñar y corregir?

La invitación es a asumir la experiencia misma de Dios: “Y Yahvé dijo: he visto la humillación de mi pueblo, conozco sus sufrimientos…he bajado” (Cf. Ex. 3, 4-8). Recordemos lo que nos dirigió el Concilio: “Los gozos y esperanzas de los hombres y mujeres, son los gozos y esperanzas de los discípulos de Cristo” ¿actualizamos en nuestras pastorales esas palabras? Seamos, pues, fieles a Dios siendo realmente fieles a la persona.

César Enrique Vega Dávila
1 de abril de 2009
[1] Cf. Paul Tillich. Teología de la Cultura.

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