Homilía para el Dom. 29 del Tiempo Ordinario. Ciclo B
Is 53, 10-11; Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22; Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45
El sufrimiento siempre ha sido un tema muy tocado entre los creyentes. ¿Por qué sufrimos? ¿El sufrimiento es bueno? Lamentablemente, a veces (muchas veces) no entendemos bien algo que es muy importante: EL sufrimiento NO es un bien. Nosotros, los creyentes, no buscamos el sufrimiento ni mucho menos nos gozamos en él.
Y ahí viene una pregunta importante ¿Cómo entender la primera lectura? Este texto forma parte de los llamados Cánticos del Siervo sufriente y es importante que sepamos que NO SON UNA ACEPTACIÓN FATALISTA DEL DOLOR (escondida en la frase: Dios quiere que suframos y nos envía el sufrimiento para salvarnos) SINO MÁS BIEN ES UNA CONSTATACIÓN DEL DOLOR del pueblo ante una situación muy difícil y que saliendo de ella, mirándolo con otros ojos –con los de la fe- reconocen que ese dolor, ESE SUFRIMIENTO NO HA SIDO LA ÚLTIMA PALABRA en su historia, no ha sido el fin sino más bien la oportunidad, la exigencia para salir de ello.
De ahí que podamos cantar con el salmista: “BENDECIRÉ AL SEÑOR EN TODO MOMENTO, proclamen conmigo la grandeza del Señor…me libró de todas mis ansias”. El hombre bíblico reconoce que TODO LO QUE SUCEDE TIENE UN PARA QUÉ y eso lo percibe en su historia: historia donde Dios habla, se comunica, a pesar de las dificultades, de las adversidades. En todo momento, hasta en los difíciles es posible bendecir al Señor, por supuesto con palabras diferentes que brotan con espontaneidad de acuerdo al momento.
La carta a los hebreos nos da una pista para entender el alcance de la obra de Jesús. Su obra parte de ser cercano a nosotros: igual a nosotros. Un Padre de la Iglesia decía de manera hermosa: “lo que no se asume no se redime”. Y es que Jesús de Nazareth asume toda nuestra humanidad y eso por un lado nos muestra esa cercanía total y por otro lado nos muestra que nuestro Dios entiende cada y una de las situaciones humanas que nosotros pasamos: alegrías, gozos, penas, llantos. En esa cercanía encontramos lo más sagrado de su obrar. ÉSE ES, PUES, EL SACERDOCIO DE JESÚS: MOSTRAR EL ACCESO TOTAL A DIOS, ESE DIOS PAPÁ QUE ESTÁ PRESENTE EN LA HISTORIA.
Hagamos ahora, antes de comentar el evangelio, un intento más para entender la situación planteada a nosotros: ¿No es muchas veces e sufrimiento la clave de acceso para nuestro encuentro con Dios? ¿A veces no pensamos que si más sufrimos o más buscamos el dolor o mortificación más nos acercamos a Dios? ¿A veces no reducimos el encuentro con Dios a tan sólo el ámbito personal con nuestros sufrimientos? Estas preguntas debemos hacérnoslas hoy como creyentes.
Marcos en el evangelio nos presenta una situación muy particular
¿Qué es lo más importante en la vida cristiana?
¿Poseer un lugar?
¿Pasar por el mismo cáliz que Jesús?
¿Sufrir por un puesto?
Frente a las diferentes actitudes que pueden haber, las palabras de Jesús son más que rotundas: el mundo se rige con poder “pero entre ustedes no será así”. Entre nosotros discípulos y discípulas de Jesús de Nazareth esa es una constante tensión: ¿cuál debe ser nuestra actitud? o mejor, ¿QUÉ ES LO PRINCIPAL?
Y esta situación nos permite ver lo anterior, lo del sufrimiento, a la luz de Jesús: ¿Qué es lo importante a la luz de Jesús? Esa es una pregunta que debemos hacernos constantemente. Si somos seguidores de Jesús ¿QUÉ ES LO QUE MARCA NUESTRO OPTAR POR EL MAESTRO? ¿EL SERVIRNOS, EL AYUDARNOS O MI/NUESTRA SALVACIÓN PERSONAL E INDIVIDUALISTA (ASOCIADA MUCHAS VECES AL SUFRIMIENTO)?
La invitación que nos hace Jesús es clara: “El Hijo del Hombre ha venido a servir”: él tan humano como nosotros nos pide que nos pongamos al servicio de los otros, y PARA ESTO NOS DEBE AYUDAR LA EUCARISTÍA QUE CELEBRAMOS HOY: A RECONOCER EN UNA MESA DE IGUALES DONDE EL OTRO NECESITA DE MÍ Y ESTOY INVITADO A SER COMO EL MAESTRO: SIEMPRE DISPUESTO A SERVIR. Si la Eucaristía consigue que concienticemos esto, en verdad asumiremos esa cercanía que Jesús nos ha mostrado.
Is 53, 10-11; Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22; Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45
El sufrimiento siempre ha sido un tema muy tocado entre los creyentes. ¿Por qué sufrimos? ¿El sufrimiento es bueno? Lamentablemente, a veces (muchas veces) no entendemos bien algo que es muy importante: EL sufrimiento NO es un bien. Nosotros, los creyentes, no buscamos el sufrimiento ni mucho menos nos gozamos en él.
Y ahí viene una pregunta importante ¿Cómo entender la primera lectura? Este texto forma parte de los llamados Cánticos del Siervo sufriente y es importante que sepamos que NO SON UNA ACEPTACIÓN FATALISTA DEL DOLOR (escondida en la frase: Dios quiere que suframos y nos envía el sufrimiento para salvarnos) SINO MÁS BIEN ES UNA CONSTATACIÓN DEL DOLOR del pueblo ante una situación muy difícil y que saliendo de ella, mirándolo con otros ojos –con los de la fe- reconocen que ese dolor, ESE SUFRIMIENTO NO HA SIDO LA ÚLTIMA PALABRA en su historia, no ha sido el fin sino más bien la oportunidad, la exigencia para salir de ello.
De ahí que podamos cantar con el salmista: “BENDECIRÉ AL SEÑOR EN TODO MOMENTO, proclamen conmigo la grandeza del Señor…me libró de todas mis ansias”. El hombre bíblico reconoce que TODO LO QUE SUCEDE TIENE UN PARA QUÉ y eso lo percibe en su historia: historia donde Dios habla, se comunica, a pesar de las dificultades, de las adversidades. En todo momento, hasta en los difíciles es posible bendecir al Señor, por supuesto con palabras diferentes que brotan con espontaneidad de acuerdo al momento.
La carta a los hebreos nos da una pista para entender el alcance de la obra de Jesús. Su obra parte de ser cercano a nosotros: igual a nosotros. Un Padre de la Iglesia decía de manera hermosa: “lo que no se asume no se redime”. Y es que Jesús de Nazareth asume toda nuestra humanidad y eso por un lado nos muestra esa cercanía total y por otro lado nos muestra que nuestro Dios entiende cada y una de las situaciones humanas que nosotros pasamos: alegrías, gozos, penas, llantos. En esa cercanía encontramos lo más sagrado de su obrar. ÉSE ES, PUES, EL SACERDOCIO DE JESÚS: MOSTRAR EL ACCESO TOTAL A DIOS, ESE DIOS PAPÁ QUE ESTÁ PRESENTE EN LA HISTORIA.
Hagamos ahora, antes de comentar el evangelio, un intento más para entender la situación planteada a nosotros: ¿No es muchas veces e sufrimiento la clave de acceso para nuestro encuentro con Dios? ¿A veces no pensamos que si más sufrimos o más buscamos el dolor o mortificación más nos acercamos a Dios? ¿A veces no reducimos el encuentro con Dios a tan sólo el ámbito personal con nuestros sufrimientos? Estas preguntas debemos hacérnoslas hoy como creyentes.
Marcos en el evangelio nos presenta una situación muy particular
¿Qué es lo más importante en la vida cristiana?
¿Poseer un lugar?
¿Pasar por el mismo cáliz que Jesús?
¿Sufrir por un puesto?
Frente a las diferentes actitudes que pueden haber, las palabras de Jesús son más que rotundas: el mundo se rige con poder “pero entre ustedes no será así”. Entre nosotros discípulos y discípulas de Jesús de Nazareth esa es una constante tensión: ¿cuál debe ser nuestra actitud? o mejor, ¿QUÉ ES LO PRINCIPAL?
Y esta situación nos permite ver lo anterior, lo del sufrimiento, a la luz de Jesús: ¿Qué es lo importante a la luz de Jesús? Esa es una pregunta que debemos hacernos constantemente. Si somos seguidores de Jesús ¿QUÉ ES LO QUE MARCA NUESTRO OPTAR POR EL MAESTRO? ¿EL SERVIRNOS, EL AYUDARNOS O MI/NUESTRA SALVACIÓN PERSONAL E INDIVIDUALISTA (ASOCIADA MUCHAS VECES AL SUFRIMIENTO)?
La invitación que nos hace Jesús es clara: “El Hijo del Hombre ha venido a servir”: él tan humano como nosotros nos pide que nos pongamos al servicio de los otros, y PARA ESTO NOS DEBE AYUDAR LA EUCARISTÍA QUE CELEBRAMOS HOY: A RECONOCER EN UNA MESA DE IGUALES DONDE EL OTRO NECESITA DE MÍ Y ESTOY INVITADO A SER COMO EL MAESTRO: SIEMPRE DISPUESTO A SERVIR. Si la Eucaristía consigue que concienticemos esto, en verdad asumiremos esa cercanía que Jesús nos ha mostrado.

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