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lunes, 6 de diciembre de 2010

Que un laico hable del presbítero o del obispo forma parte de aquellos «signos de los tiempos» que hemos vivido desde la convocatoria del Concilio. El proceso que ha hecho la Iglesia de mirarse a sí misma –iniciado en el Concilio Vaticano II- ha producido una renovación que es motivo de cambio y no por ello deja de ser «crisis» entendida como la oportunidad de crecer afrontando nuevos retos.

El sacerdocio se entiende desde la Biblia como una expresión del contacto íntimo con lo sagrado, en la profundidad del sacerdocio veterotestamentario está el separarse para servir exclusivamente al Señor; esta profundidad alcanzará su radicalización (¡volver a la raíz!) en la experiencia de Jesús que con su encarnación le dará a lo profano cierta dimensión sacra.

Pienso que esta dimensión del sacerdocio ayudaría a comprender al sacerdote integrado en la comunidad; es decir, el que la Encarnación rompa con el binomio sagrado-profano es un presupuesto teológico que se puede valorar como característica en la misión/vocación sacerdotal.

Hablar de misión –sea laical, sacerdotal o religiosa- es recordar siempre la vocación y, por lo mismo, fijarnos en la fidelidad de la respuesta, no existe vocación alguna sin una misión y ambas son parte de una misma realidad. La Encarnación no solo como Misterio sino también como actitud puede ser criterio de esta dimensión misionera. Si se procura ser consecuente con este planteamiento esto acarrea una serie de preguntas que plantearé en voz alta recurriendo a lo que en alguna ocasión he escuchado a agentes pastorales o jóvenes: ¿Son nuestros sacerdotes agentes de comunión que conocen su entorno? ¿Están presentes en las comunidades compartiendo los gozos y esperanzas de la porción del pueblo de Dios a ellos encomendado? ¿Se presentan cercanos y solícitos a las necesidades reales? ¿Son capaces de relacionarse con afecto y madurez tanto con varones como con mujeres? ¿Manejan el servicio de la autoridad como verdadero servicio? ¿Son comunicadores del amor de Dios con sus palabras, gestos y obras?.

Lejos de ser negativo o pesimista, por un lado, o triunfalista e ingenuo por el otro, realizo estas preguntas puesto que la Encarnación expresa toda una dinámica que en la misión y pastoral nos exige, al modo de Jesús de Nazaret, responder con una presencia capaz de amarlo y llevarlo todo para que «él lo sea todo en todos» (1 Cor 15,28).

Sacerdotes encarnados en la comunidad encomendada es al mismo tiempo una invitación y una exigencia, no se trata solamente de ser extrovertido o introvertido, de ser buen administrador o construir mucho, de tener templos preciosos o vestir de un modo específico; se trata, como nos decía el Concilio que “los presbíteros se deban a todos, en cuanto a todos deben comunicar la verdad del Evangelio…(que) lleven a las gentes a glorificar a Dios, observando entre ellos una conducta ejemplar” (PO n. 4).